Un ciempiés helado recorre sus sienes para detenerse sobre los senos nasales, anunciando el inminente shock; semiconciencia somnolienta, similar al que le había acompañado durante sus proféticas visiones; salvo que esta vez está precedido por la certeza mortal del imposible retorno.
Cassandra escuchó como siempre los sonidos que la madrugada le obsequiaba cada noche. Incesante repiquetear del reloj, oscura presencia de sombras que se desplazan a su alrededor inundándolo todo, fuego interno extinguiéndose poco a poco mientras sus esperanzas se van drenando con las horas.
Esa fuerte pesadez le dificulta terriblemente retirar los mechones de cabello que se desploman sobre su rostro, sudor frío, de muerte, desplazándose lento por su espalda como si alguna extraña presencia habitara detrás de ella. La claridad de la memoria comienza a anegarse en los charquitos que se deforman sobre el suelo.
Sus ojos humedecen todo lo que miran tras una cortinilla de líquida sal, lento deslizar por sus mejillas para alojarse en la comisura de sus labios; inhalando una bocanada sangre, sus propias lágrimas y la perdición eterna.
No tiene tiempo de pensar en los tendones amputados, inútiles ligamentos que yacen sobre su regazo; pero desearía tener la fuerza suficiente para levantar el vaso de licor junto a ella, que serviría para acallar esa sed que incinera su garganta.
Observa resignada el avance de palidez que embriaga sus sentidos, al tiempo que se pregunta internamente si existe alguna alternativa. ¿Si de algún modo pudiera cambiar las cosas? Trasladarse al mundo de los posibles, a una realidad sin madrugadas en las que no existieran las navajas de plata y fuera posible contener las sombras y la oscuridad.
Inmediatamente se recrimina a sí misma por ser tan débil, no debe traicionarse, no ahora que por fin todo está por terminar...
Desliza su mirada a lo largo de la habitación, en un intento vago por encontrar distracción a sus pensamientos y descubre la figura que le observa fijamente desde el otro extremo. Los colores que se aglutinan bajo una coraza de escamas que le cubren, sus alas plegadas sobre sí mismas para procurar el calor que la noche arrebata; las garras escondidas, las fosas nasales husmeando el aíre atraídas por ese olor embriagador de la sangre que se desperdicia inútilmente. La lengua que relamiendo los hambrientos colmillos en un anticipado deleite por lo que ha descubierto.
Cassandra lo comprende al instante, no puede culparle, está en su naturaleza; pero tampoco pude evitar estremecerse al imaginar lo que está a punto de ocurrir. Le ve desperezarse lentamente, lamer las patas delanteras y desplegar sus alas en todo su esplendor. Un relámpago de color inunda la habitación fulminando las sombras que se apretujan por los rincones.
Cierra los ojos para no ver lo que se aproxima, pero sabe perfectamente lo que será.
Siente su presencia justo frente a ella, escucha el leve roce de la lengua que recoge meticulosamente cada gota sobre el suelo, imagina el lento deslizar sobre la duela, una y otra vez.
Su respiración va disminuyendo, el dolor de los brazos desaparece casi por completo y escucha la voz de su alebrije que le consuela tiernamente:
No duele, la muerte no duele,
la muerte es dulce,
es todo lo que dura para siempre,
es la belleza eterna.
La muerte es ese amante de colores que tiene mil lenguas para curar tus heridas....
Instantes antes de exhalar abre los ojos y una luz extraña arde en sus pupilas plateadas, justo en el momento en que la oscuridad se apodera por completo de la mente...








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